Ser revolucionarias a cien años de la Revolución rusa

03/08/2017
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Julia Cámara, militante de Anticapitalistas Aragón
 
Mitin de apertura de los 34º Campamentos Internacionales de Jóvenes Revolucionarias (Otranto, Italia)
 
Hace algunos días, buscando materiales para preparar este mitin de apertura, me encontré por casualidad con las estadísticas de asistencia al campamento del año pasado. Si suponemos que las cifras se repiten, y esto es algo que más o menos suele suceder, nos encontramos con que tres cuartos de las personas aquí presentes hoy somos menores de 28 años. Y este dato, que pudiera parecer anecdótico, adquiere toda su importancia si tenemos en cuenta que hace justo 28 años caía el Muro de Berlín. Quienes, como yo misma, nos encontramos en mitad de la veintena, nacimos el mismo año que Fukuyama proclamaba el fin de la Historia y gritaba al mundo en 22 idiomas que las ideologías ya no eran necesarias. La edad media de asistencia al campa del año pasado, por debajo de los 23 años, indica que la mayoría de las 400 personas aquí presentes nacimos en un tiempo que no era ya el del “corto siglo XX”.

Y, sin embargo, aquí estamos. Revolucionarias sin revoluciones. Militantes y activistas nacidas tras la caída del Muro de Berlín abriendo la que es ya la 34ª edición de los Campamentos de Jóvenes Revolucionarias de la Cuarta Internacional en un año, 2017, que no es uno cualquiera, sino el del centenario de la mayor esperanza para la humanidad que jamás ha alumbrado el mundo. A un siglo de distancia de la Revolución rusa, cabe preguntarse: ¿qué significa ser revolucionarias para nosotras hoy en día?

1917 fue el año en que un partido obrero, apoyado por el campesinado, tomó el poder para cambiar el mundo. Y muchas son las cosas que han cambiado desde entonces, pero en el fondo todo continúa como siempre: abundancia para los menos; miseria, precariedad vital y tristeza para los más. En 2017, son las dinámicas de acumulación y desposesión las que siguen rigiendo el mundo. No ha cesado la destrucción del planeta bajo la lógica del beneficio privado, ni la expropiación del cuerpo de las mujeres, ni la invisibilización y estigmatización del trabajo reproductivo a través de la heterosexualidad impuesta y la división sexual del trabajo en el seno de la familia nuclear, ni la guetización de las personas racializadas dentro del denominado “Primer Mundo”, ni la proliferación de guerras imperialistas y de expolio de recursos en las regiones mundialmente subalternas. No ha cesado la guerra ideológica, ni la concentración de los medios de producción en unas pocas manos. Muchos de estos fenómenos, de hecho, se han intensificado.

Quienes nacimos tras la caída del Muro hemos crecido escuchando repetir que no había alternativa posible. Lo que pasó pasó, simple y llanamente, porque era imposible que sucediera ninguna otra cosa. El capitalismo es el único modelo viable; la democracia liberal y burguesa, la única democracia posible. Y, en fin, como todo el mundo sabe, marxismo es igual a estalinismo, y eso no va a ninguna parte. Pero nosotras sabemos que la Historia nunca es inevitable, y que el pasado está lleno de presentes posibles que nunca llegaron a realizarse. Nosotras sabemos que, cien años después de la Revolución rusa, las ideologías siguen siendo necesarias. Que no es posible el futuro ideal prometido por el capitalismo de rostro humano porque, sencillamente, no es posible el capitalismo de rostro humano. Nuestra tarea central hoy, la de las herederas de aquellos y aquellas comunistas que desde el principio combatieron el estalinismo desde posiciones marxistas y en nombre de la democracia socialista, es reapropiarnos de nuestro pasado y liberar a los vivos “del peso de los muertos de ayer y de los cadáveres políticos de hoy”.

Somos revolucionarias, sí. Y lo somos, entre otras cosas, porque 1917 no puede olvidarse. La promesa de humanidad, universalidad y emancipación que se apareció en “el fuego efímero del acontecimiento” está demasiado ligada a los intereses de la humanidad para que pueda olvidarse. Somos revolucionarias por lealtad a quienes vinieron antes que nosotras y por lealtad a quienes vendrán después. Porque, como decía el compañero Daniel Bensaïd, militar es por sobre todo profesar la lealtad a los desconocidos.

Somos revolucionarias, sí. Porque sabemos que es posible asaltar los cielos, que tiene que haber alternativa a este sistema asesino que nos devora para reproducirse y que nos condena a la más absoluta de las miserias. Somos revolucionarias porque luchamos en el día a día contra todo tipo de opresión, pero también y sobre todo porque intentamos prepararnos para los saltos. Somos revolucionarias porque amamos profundamente la vida, y nos negamos con todas nuestras fuerzas a creer que esta es la única forma en que puede ser vivida.

1917 fue el año en que se levantaron los parias de la tierra. En 2017 es nuestra responsabilidad seguir empujando para que el mundo cambie de base. La vida es hermosa. Nos toca a nosotras librarla de todo mal, opresión y violencia para que las próximas generaciones la disfruten plenamente.
 

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